¿Una Pax Americana?

Los recientes sucesos de Medio Oriente, dan cuenta de un cambio de paradigma en las relaciones internacionales, y especialmente en cómo encara los Estados Unidos la agenda mundial.

La guerra de los 12 días entre Israel e Irán pone en el centro de la escena la nueva configuración de los conflictos internacionales. Tras la caída del muro de Berlín, hubo un interregno de más de dos décadas en las que pareció constituirse una potencia unipolar que de alguna manera se constituyó a sí misma como gendarme del mundo. Las guerras promocionadas por George W. Bush, amparadas en una presunción falsa de armas de destrucción masiva en los países que buscaba ocupar por intereses económicos, ni siquiera tenían relación a la idea de un imperio americano, sino a la bravata perfectamente orquestada de intereses globales, que algunos llaman estado profundo.

La presidencia de Obama fue una continuidad en este aspecto, por más que pareciera que las guerras tuvieran menor intensidad. Sólo la llegada de Donald Trump pudo terminar con las cruzadas imperiales que poco tenían que ver con los intereses de los estadounidenses.

No es casual que en su primera presidencia no se prolongaran las guerras ni se iniciaran otras. Es que, en más de un aspecto, su política internacional tenía más que ver con aquello que había llevado adelante John F. Kennedy, que sus antecesores republicanos.

Con la premisa de Make American Great Again (MAGA), lejos de plantear una idea aislacionista como se le intentó endilgar, Donald Trump retomaba la antorcha de la búsqueda de la pacificación que había caído en noviembre de 1963, en la convicción de que el país volvería a ser de sus ciudadanos solo cuando los Estados Unidos priorizada una agenda local y evitara conflictos sin sentido en el escenario mundial. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que había hecho Lyndon Johnson, que mientras hablaba de la “gran sociedad”, que era una agenda ambiciosa para la mejora de la ciudadanía, promovía la guerra del sudeste asiático cuyos gastos drenaban todo esfuerzo para transformar la realidad social de los Estados Unidos.

Está claro que Donald Trump, lejos de ser un aislacionista, busca compatibilizar el poder militar estadounidense con mejoras concretas en el ámbito local de su país, incluso utilizando su influencia global para mejorar las condiciones comerciales con los demás países. Por primera vez, desde la década del sesenta, alguien comprende que mantener la hegemonía norteamericana no es incompatible con el mejoramiento sustancial de la economía de los ciudadanos. La geopolítica, no está escindida de la agenda local, lo cual implica un manejo diplomático muy ceñudo a los fines de no perjudicar el eje central, que son los intereses de la gestión en los Estados Unidos.

En un discurso de junio de 1963, apenas cinco meses antes de su asesinato, John F. Kennedy, en plena guerra fría planteaba revisar la actitud que se tenía con la Unión Soviética porque, a su entender, ellos compartían el mismo oxígeno y el mismo destino en el caso en que se desatara una guerra nuclear. Quizás a costa de su propia vida, Kennedy le dio una oportunidad a la paz.

Pese a ser de diferentes partidos y con estilos bastante disímiles, Donald Trump renueva esa estrategia, que antes de pensar exclusivamente en los intereses norteamericanos, también contempla la realidad de las demás potencias, enhebrando las condiciones para la paz.

A Trump se le endilgó, sin pruebas, que había sido favorecido en su primera elección presidencial por los rusos. Y ahora, por haber modificado la política fracasada y peligrosa que desplegó Biden en el conflicto en Ucrania, vuelve a ser asociado con los intereses rusos.

Donald Trump tiene como eje en su visión, que Rusia es el gran adversario nuclear, el que verdaderamente podría ocasionar un holocausto termonuclear. De hecho, Rusia tiene 700 armas atómicas más que los Estados Unidos, aunque no cuenten con el grado de mantenimiento y modernidad que las estadounidenses.

El actual presidente de los Estados Unidos sabe que la garantía de la paz mundial, se centra en un acuerdo de amplios alcances con Putin, que ha invadido y lleva una guerra en Ucrania. A diferencia de su antecesor, comprende las razones históricas del conflicto. Sabe que Crimea, siempre perteneció a Rusia, que por cuestiones administrativas durante el gobierno de la Unión Soviética se cedió ese territorio a Ucrania. Pero, sobre todo, comprende los recelos rusos por el avance de la OTAN al incorporar países que antes fueron parte del Pacto de Varsovia. 

Nunca reivindicaría un régimen autocrático que simula ser una democracia como es la Rusia de Putin. Pero también entiende que, desde la época de los zares y la dictadura comunista, jamás ese país vivió en libertad sino siempre bajo el timón de una fuerte autoridad, cualquiera fuera su sistema político e ideológico.

También comprende Trump, que en términos de la seguridad nacional que visualiza Rusia, Ucrania tiene el mismo valor simbólico que tuvo Cuba en la crisis de los misiles. Cuando la Unión Soviética colapsó, hubo un acuerdo entre Rusia y Ucrania para que esta última le entregara el arsenal nuclear que había apostado en este país de la era soviética. Bajo este convenio, a cambio de la devolución de los misiles nucleares, Rusia se comprometía a respetar su independencia mientras Ucrania no pusiera en peligro con sus acciones su propia seguridad.

Este equilibrio se rompió cuando Ucrania amagó con ingresar a la OTAN, la fuerza heredada de la guerra fría para enfrentar a Rusia. Paradójicamente la invasión ordenada por Putin, descomprimió lo que pudo convertirse en una nueva versión de la crisis de los misiles. De la misma manera que los Estados Unidos en la década del sesenta no iban a permitir la presencia de misiles balísticos apuntando a su territorio desde Cuba, Rusia jamás permitirá que la OTAN monte armas atómicas en Ucrania. 

Trump comprende mejor que nadie este escenario, y al igual que Kennedy después de la crisis de los misiles, quiere sellar con Rusia la paz, que empezaría con la finalización del conflicto en Ucrania.

Esto le permitiría desplegar todos sus esfuerzos en evitar que China se convierta en la primera potencia mundial, a partir de una guerra comercial que podría tener otras derivaciones, aunque en ningún caso un conflicto nuclear, debido a la abrumadora ventaja norteamericana, que cuenta con 5113 ojivas nucleares frente a poco más de 600 de China, que obrarían como un claro disuasor.

En aquel discurso de junio de 1963, Kennedy señaló que no buscaba una Pax americana (en referencia a la Pax romana de la historia antigua), impuesta por las armas de su país. Ofrecía un acuerdo generoso que terminara con la guerra fría.

Trump estará alcanzando un entendimiento con Rusia que será mucho más que terminar la guerra en Ucrania, sino la garantía de un desarrollo pacífico entre las dos potencias que en conflicto podrían destruir el mundo.

Cuando Irán creyó que esta búsqueda de paz haría que Estados Unidos no reaccionara ante su desarrollo nuclear, un ataque certero, preciso y demoledor ordenado por Trump, terminó con aquella guerra.

Como el escudo de los Estados Unidos que muestra un águila que en una de sus garras tiene una rama de olivo y en la otra un conjunto de flechas, Trump buscará concertar la paz ofreciendo la rama de olivo. Pero ante cualquier desafío, si eso se llegara a interpretar como debilidad, no dejará de utilizar las flechas, como hizo en Irán. 

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